Otra vez… RÍO

Pronto se cumplirán 20 años de la Conferencia de Río 92. Quizás uno de los hitos más significativos para la extensión del concepto ‘desarrollo sustentable’, un término acuñado -a fines de los 80s- entre diversas personalidades e instituciones internacionales vinculadas a las teorías y problemas del desarrollo. El tema en esta reunión giró en torno a cómo incorporar variables ambientales y de equidad social al paradigma del desarrollo tradicional que evidenciaba serios patrones de degradación ecológica y una creciente inequidad global.

Desde un punto de vista de época, la cumbre de Río (año 1992),  es parte de la década en donde la globalización económica consolida su visión del ‘desarrollo’ en la región sudamericana. Hoy, con la perspectiva del tiempo, es posible sostener el hecho que el proceso de globalización económica -amparado por instituciones como la OMC, BM y FMI- doctrinario en cuanto a valores económicos como la competitividad, la estabilidad de divisas y el libre mercado; subordinó a un segundo plano el proceso de internacionalización de Naciones Unidas basado en acuerdos multilaterales en áreas como medio ambiente  y derechos (trabajo, genero, indígenas, cooperación, etc.)

Desde este enfoque es posible afirmar, sin temor a equivocarse, que a la hora de apropiar conceptos y resignificar contenidos, las fuerzas motrices del capital global actúan desplegando todos sus recursos, y suelen imponer sus objetivos al resto del mundo. Esto se comprobó diez años después, en Johannesburgo – Sudáfrica (Rio+10) donde el ‘desarrollo sustentable’ aparecía en las memorias institucionales de diversas multinacionales vinculadas a los grandes negocios del agua y la energía, por ejemplo. La imagen verde para las corporaciones fue un nuevo impulso para autoratificarse como el actor principal de un modelo de creación de riqueza y estabilidad en el marco de la globalización.

Falta muy poco (junio de 2012) para la próxima Cumbre de la Tierra y otra vez será en Río. En esta pasada, los intereses tras las definiciones de la conferencia dejan atrás el concepto de ‘desarrollo sustentable’ y se dirigen a sentar las bases de la flamante ‘Economía Verde’, el tópico nudo del encuentro. ¿Qué es la economía verde? ¿Quiénes han definido su contenido y su propósito? ¿Cómo plantea (o no) la Economía Verde alcanzar los siempre escurridizos objetivos del desarrollo? serán las preguntas que trataré de ir avanzando en los siguientes post.

Fukushima: el precio de la energía atómica

Por Philip Grassman*

25 años después de la catástrofe de Chernobil, se repite la historia en Japón, en la periferia de Tokio. El suceso demuestra concluyentemente que los riesgos que comporta la tecnología atómica –criminalmente minimizados en los últimos años por un recrecido lobby pronuclear– son de todo punto inasumibles.

Un devastador terremoto de la escala del sucedido nadie podía preverlo. Ni siquiera Japón, una nación que ha aprendido a convivir con ellos, una sociedad altamente tecnificada que creía haber comprendido tanto como era posible los riesgos que comporta y con tantas precauciones de seguridad como parecían necesarias.

Pero fue un error. El país afronta ahora, unas horas después del peor terremoto desde que se cuenta con registros sísmicos, una catástrofe aún mayor. El reactor de Fukushima está tan gravemente dañado que a pesar de haber sido rápidamente desactivado cuando el terremoto comenzó, planea sobre él el riesgo de una fusión del núcleo. Se trataría de un nuevo Chernobil, casi exactamente veinticinco años después de la catástrofe que tuvo lugar en aquella región de Ucrania. Aunque en esta ocasión la magnitud no sería comparable, porque el reactor se encuentra en una región mucho más habitada que Chernobil.

Y aunque en esta ocasión no ha sido un error humano la razón inmediata para la catástrofe, la política japonesa tiene indirectamente, no obstante, una gran responsabilidad en lo ocurrido. En Japón existen 55 centrales nucleares en activo que generan un tercio de la electricidad del país. Japón emplea desde hace décadas, impertérrita, la energía atómica. Pero, una vez más, se ha demostrado que las centrales atómicas son bombas de relojería. Obvio es decirlo: seguras según los cálculos humanos. Pero hay condiciones que la medición humana no puede concebir. Así ocurrió en Chernobil, cuando un técnico pulsó el botón equivocado y desató la catástrofe. Y ahora amenaza con ocurrir también en Fukushima, donde nadie había calculado que la central estaría desabastecida de electricidad durante tanto tiempo y los niveles de los tanques de agua fría descenderían tan rápidamente.
Quien se apoya en la energía atómica acepta estos riesgos. Tan improbables como se quiera pretender, pero no se los puede excluir. Hace 25 años tuvieron lugar en una región que afectó a cientos de miles de personas. Ahora el mundo se enfrenta a una situación semejante. Vivimos en una época en la que los cálculos de riesgos no están en el discurso oficial de las eléctricas. Se trata siempre solamente de probabilidades que podrían llegar a convertirse en una realidad dentro de un millón de años. La realidad nos da ahora una lección. El precio que posiblemente habremos de pagar por la energía atómica es demasiado alto.

*Philip Grassman colabora habitualmente en Freitag

Fuente: www.sinpermiso.info

Cambio climático: el uso ilegítimo de las contradicciones

Por Mailer Mattié*

La mercantilización de la crisis climática ilustra, en realidad, acerca de las enormes limitaciones del pensamiento industrial para hacer frente a la destrucción que genera, acudiendo a instrumentos que se apoyan en la misma lógica que originó los problemas. Es decir, amparándose en la combinación de enunciados incompatibles que se contradicen, presentados como verdades; un recurso que permite falsear la realidad y que la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943) definió hace setenta años como el “uso ilegítimo de las contradicciones”.

A causa de la arrogancia, avaricia e indiferencia de muchos hijos de la Tierra, hemos alcanzado el final de la vida y el comienzo de la supervivencia.

Consejo Internacional de las Trece Abuelas Indígenas

El showbusiness debe continuar.

La temperatura media global aumentó 0.7 grados centígrados durante el siglo pasado, una amenaza sin precedentes para todos los seres vivos del planeta como consecuencia de la acumulación de los residuos materiales e inmateriales de la civilización industrial; es decir, resultado de su economía, de su codicia, de su ideología y de la incesante violación de los derechos de los pueblos y de las leyes que ordenan la naturaleza y la vida. No obstante, durante la última década del siglo XX, aunque las alteraciones del clima eran evidentes, las voces de alerta fueron constantemente descalificadas por los intereses de la industria petrolera y de la ciencia industrial que consideraban el fenómeno un hecho natural, desvinculado de las actividades humanas. Sin embargo, los primeros años del siglo XXI transcurrieron como los más calurosos de la historia, señalando la gravedad de la situación.
Otorgar estatus científico a la relación directa entre el calentamiento global y la industrialización de la vida significaba, desde luego, reconocer la extrema vulnerabilidad de la sociedad moderna, oculta tras la ostentación del poder económico, político y militar; revelaba, en consecuencia, la apremiante urgencia de iniciar la reforma de una economía que se nutre del uso intensivo de combustibles fósiles y de la destrucción de los bienes de la Tierra. Aún así, la respuesta consensuada en los ámbitos dominantes fue cerrar el paso a las alternativas y transformar la crisis climática en una extraordinaria oportunidad para desarrollar nuevos negocios; la puesta en marcha de mercados insólitos, creados en nombre del supuesto compromiso mundial para salvar la vida en el planeta.

El cambio climático fue presentado como un problema global a partir de 2006, cuando Al Gore –ex Vicepresidente de los Estados Unidos (1993-2001), en cuyo mandato se firmó el Plan Colombia que financió las fumigaciones aéreas con glifosato en regiones sembradas de plantaciones de coca, violando los derechos humanos y de la Naturaleza- presentó en su país el famoso documental “Una verdad incómoda”, difundido el año siguiente en todo el mundo. Paralelamente, los recién diseñados negocios del clima comenzaron su expansión internacional; el mercado de carbono, en efecto, creció en 2008 un ochenta por ciento en relación al año anterior. Al Gore, como sabemos, fue galardonado con un Oscar de la Academia de Cine, el Premio Príncipe de Asturias y el Nóbel de la Paz en 2007.

Los países industrializados son los responsables del sesenta por ciento del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), las cuales han aumentado, además, un cuarenta por ciento desde 1990. Si esta cifra permaneciera constante, la temperatura se elevaría 0.2 grados centígrados por década; no obstante, si las emisiones continúan creciendo, su aumento podría alcanzar en los próximos años hasta 2.6 grados centígrados, ocasionando el hundimiento de islas, la desaparición de los glaciares y la pérdida de los medios de vida de millones de personas en el mundo al reducirse a la mitad la actual producción de alimentos. El dióxido de carbono (CO2) -resultado del consumo de combustibles fósiles, la deforestación y la destrucción de los suelos- es el mayor contribuyente a la variación del clima (54%), aunque es superior el efecto del metano (CH4) y del óxido nitroso (N2O) –derivados de la minería, la ganadería y de la utilización de fertilizantes químicos en la agricultura-. La concentración de metano en la atmósfera, de hecho, ha aumentado un cincuenta y cinco por ciento desde el siglo XVIII, mientras el óxido nitroso, junto al ozono y otros gases, contribuyen con cerca del treinta por ciento al calentamiento global.
La mercantilización de la crisis climática ilustra, en realidad, acerca de las enormes limitaciones del pensamiento industrial para hacer frente a la destrucción que genera, acudiendo a instrumentos que se apoyan en la misma lógica que originó los problemas. Es decir, amparándose en la combinación de enunciados incompatibles que se contradicen, presentados como verdades; un recurso que permite falsear la realidad y que la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943) definió hace setenta años como el “uso ilegítimo de las contradicciones” (1).

Negocios listos para el clima.El Protocolo de Kioto de 1997, al establecer el mecanismo de cuotas de emisión de GEI, sentó las bases para construir el mercado del clima. Los países que ratificaron el Acuerdo en 2005 recibieron, en efecto, derechos para emitir CO2 equivalentes a los niveles que habían alcanzado en 1990; es decir, a mayor contaminación más permisos obtenían. Dichas cuotas, además, pueden intercambiarse como bonos de carbono en el mercado, de tal forma que las empresas de aquellos países que no utilizan todos sus permisos pueden venderlos a otras que superan los límites. Un bono de carbono equivale al derecho de emitir una tonelada de CO2 y su precio es 15 dólares, aproximadamente. Suponiendo –erróneamente- que contaminar en un lugar determinado no tiene efectos globales, el sistema ofrece asimismo la posibilidad de compensar la contaminación generada por una actividad específica invirtiendo, por ejemplo, en proyectos de energía alternativa –como la eólica- y en programas en los países del sur vinculados a las políticas del clima. Cuando una industria compensa de esta forma sus emisiones, en realidad está ampliando su capacidad para seguir contaminando: la contradicción sobre la cual se sustenta el criterio que considera el mercado de carbono como un instrumento eficaz para frenar el cambio climático (2).

Este artificio, sorprendentemente, constituye el eje sobre el cual gira la formulación de las políticas de adaptación y mitigación que se aprueban en las reuniones anuales de la Convención Marco de las Naciones sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Diseñadas para sostener el mercado de carbono y beneficiar a las industrias contaminantes, forman parte de los eufemísticamente denominados Mecanismos de Desarrollo Limpio (MDL), uno de cuyos principales impulsores ha sido precisamente Al Gore. Entre ellos se distinguen los programas Redd-Plus que tienen por objeto sustituir bosques por plantaciones comerciales; el laboreo cero (LC), proyectos que incluyen el negocio de los cultivos modificados genéticamente (CMG), ahora denominados también cultivos listos para el clima (CLC); la explotación de biomasa como combustible, nueva oportunidad de beneficios para las empresas petroleras; la producción de carbón vegetal “biochar”; la expansión de la producción agropecuaria industrial; y la explotación de los territorios comunitarios, considerados tierras improductivas y marginales. Su ejecución, por lo demás, supone acciones complementarias como la privatización del agua, un bien colectivo aún en muchos lugares del mundo cuya disponibilidad podría verse seriamente afectada por los cambios del clima. Destinados en su mayoría a los países del sur, desestiman las consecuencias sobre la vida y los derechos humanos de las comunidades donde se llevan a cabo (3).

Durante la última reunión del CMNUCC, celebrada en Cancún en diciembre del 2010, se dio nuevo impulso a los mercados climáticos. Por un lado, se eliminó el compromiso vinculante sobre reducción de emisiones de GEI adquirido por los países firmantes del Protocolo de Kioto -reiterada y sistemáticamente incumplido-, cuyas decisiones al respecto tienen ahora sólo carácter voluntario. El protagonismo del Banco Mundial, por otra parte, quedó abiertamente manifiesto cuando su Presidente, Robert Zoellick, propuso la aprobación del Fondo Verde del Clima (100 mil millones de dólares), nuevo instrumento de financiación de los MDL junto al mercado de carbono y los fondos gubernamentales. Bolivia fue el único país que intentó diversificar el debate, defendiendo las propuestas aprobadas en la Cumbre Global de los Pueblos sobre Cambio Climático que tuvo lugar en Cochabamba en 2009. Entre las más importantes, el reconocimiento de la deuda climática con los países del sur; la aprobación de los Derechos Universales de la Madre Tierra; el establecimiento de la Corte Internacional de Justicia Climática; la reducción del cincuenta por ciento de las emisiones de GEI para el año 2017; y la eliminación del mercado de carbono y de los proyectos Redd-Plus. Aun sin contar con el apoyo de ningún otro país, los representantes bolivianos se negaron a firmar el acuerdo, argumentando que su aplicación podría conducir a un aumento de temperatura mayor de 4 grados centígrados durante el siglo XXI (4). No obstante, el Estado Plurinacional de Bolivia ha planteado la posibilidad de interponer una demanda contra el documento en la Corte Internacional de La Haya, alegando que su aprobación no respetó los procedimientos ordinarios.

La agricultura como problema.

La agricultura moderna, pilar del sistema de alimentación en las sociedades desarrolladas basado en un elevado consumo de proteína animal, destina gran parte de su producción a sostener la ganadería industrial, contribuyendo así directa y significativamente al calentamiento global. El veinticinco por ciento de las tierras a nivel mundial, de hecho, se utilizan para cultivar alimentos y pastos para animales; una actividad que promueve la deforestación a gran escala y la aplicación intensiva de fertilizantes químicos, ocasionando la pérdida de materia orgánica del suelo y la alteración del ciclo natural del carbono (5). Ciertamente, las estimaciones indican que la agricultura industrial genera el treinta por ciento del total de las emisiones de GEI vinculadas a las actividades económicas, al ser responsable del veinticinco por ciento de todas las emisiones de CO2 y del setenta por ciento del óxido nitroso y del metano.

En las negociaciones internacionales sobre el cambio climático, sin embargo, prevalece el propósito de ampliar y transformar las actividades agrícolas en un importante instrumento de compensación de emisiones de GEI, incorporándolas a la red de MDL. En este sentido, los acuerdos del CMNUCC incluyen el laboreo cero (LC); la conversión de más tierras de cultivo en pastizales; el secuestro de carbono en áreas agrícolas; la producción de agrocombustibles; el monocultivo de árboles para producir biochar; los cultivos modificados genéticamente; los proyectos Redd-Plus; y el incremento de la ganadería industrial. El biochar es un carbón vegetal elaborado a partir del calentamiento de biomasa para ser utilizado como fertilizante; su producción, no obstante, implica el cultivo de grandes extensiones de tierra con fuerte impacto ecológico y social. La industria de los agrocombustibles, por otra parte, promueve las negociaciones sobre millones de hectáreas cultivables localizadas, sobre todo, en América Latina y en países devastados por conflictos en África. Intensificando la destrucción de la selva amazónica, por ejemplo, Brasil prevé aumentar sus áreas de plantaciones para combustibles de seis millones de hectáreas a 120 millones de hectáreas durante los próximos años; se espera que este país se convierta en 2020 en el primer exportador mundial de biodiesel y en un modelo de adaptación industrial al cambio climático.

La agricultura de laboreo cero (ALC) o no laboreo, por otro lado, se asocia a la reducción de las emisiones de carbono que genera la labranza utilizando potentes herbicidas; en realidad, el modelo está ya bastante extendido, sobre todo en Argentina, Brasil y los Estados Unidos donde existen grandes superficies plantadas con soja modificada genéticamente resistente al roundup de Monsanto. Para abastecer el consumo de soja y maíz de la ganadería industrial en países como España, por ejemplo, se utilizan 3.5 millones de hectáreas agrícolas solo en las naciones sudamericanas citadas. Ciertamente, el noventa y ocho por ciento de la importación española de cereales se destina al consumo animal; un claro ejemplo del modelo alimentario industrial encubierto, en este caso, por el prestigio internacional de la dieta mediterránea (6). La nueva propuesta consiste no solo en intensificar la producción de los actuales cultivos modificados genéticamente (CMG), sino también en acelerar el desarrollo de los llamados cultivos listos para el clima (CLC) que presentan resistencia a la salinidad, el calor, la sequía y las inundaciones. De hecho, las cinco mayores corporaciones mundiales de biotecnología han registrado más de quinientas patentes sobre los llamados “genes preparados para el clima”; según el grupo de investigación ecológica ETC, las empresas DuPont, Monsanto, BASF, Bayer y Syngenta acaparan el setenta y cinco por ciento de las mismas y solo las tres primeras tienen en su poder dos tercios del total (7) Como ha denunciado la escritora y activista india Vandana Shiva, estamos ante la más reciente forma de biopiratería.

La agricultura como solución.

La humanidad, sin embargo, posee un extraordinario patrimonio de culturas y de conocimientos para enfrentar las consecuencias de la economía moderna; legado que se manifiesta en la vigencia de sistemas agrarios ancestrales y en diferentes formas de la agricultura local en África, Asia y América Latina. Versiones reales de una agricultura sostenible, tienen en común varias características: se apoyan en las experiencias comunitarias; utilizan principalmente energía solar (trabajo humano y de otros seres vivos); aplican métodos agroecológicos de producción; desarrollan policultivos para asegurar la productividad frente a las condiciones y riesgos medioambientales; dependen en gran medida del trabajo comunal y del uso colectivo de los bienes; e integran la crianza de animales en una relación de interdependencia. Estos modelos, a su vez, suelen ser inseparables de ciertas pautas culturales que determinan, sobre todo, los límites que definen las relaciones de los seres humanos con los bienes y con la naturaleza. Una pauta generalizada es, sin duda, la demarcación del ámbito de lo sagrado, uno de cuyos objetivos es advertir al grupo social sobre la vulnerabilidad de las fuentes de la vida como el agua, la tierra y las semillas; una estrategia cultural que ha acompañado el desarrollo de la civilización humana durante miles de años y que el mundo moderno ha despreciado, en su constante afán de destrucción y de conquista.

De hecho, América Latina contaba a finales del siglo pasado con unos 70 millones de pequeños propietarios de fincas con una extensión menor de dos hectáreas; representaban el treinta y cuatro por ciento del total de la tierra cultivada y producían el cuarenta y uno por ciento de los alimentos básicos como el maíz, los frijoles y las papas. En África, asimismo, se estima que el ochenta por ciento de todas las unidades agrícolas son fincas pequeñas; la mayoría al cuidado de mujeres que cosechan la mayor parte del grano, tubérculos, frutas y hortalizas para el consumo local. Asia, por otro lado, cuenta en la actualidad con cerca de 200 millones de pequeños agricultores de arroz, de los cuales 75 millones viven en China y emplean aún métodos ancestrales de cultivo.

Algunas de esas practicas, además, están comenzando a tener justo reconocimiento internacional. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), por ejemplo, inició en 2002 algunos proyectos de financiación dirigidos a la protección y salvaguarda de los denominados Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM) (8) y los Sistemas Agrícolas Heredados de Importancia Global (GIAHS) (9), calificados de “ingeniosos sistemas agroculturales que reflejan la evolución de la humanidad, la diversidad de su conocimiento y sus profundas relaciones con la naturaleza”. Entre los primeros se cuentan modelos agrícolas en Perú y Chile; las terrazas de arroz en Ifugao en Filipinas; los oasis del Magreb en Argelia y Túnez; el cultivo integrado de arroz y peces en China; y la producción agro pastoril del pueblo maasai en Kenia y Tanzania. Los GIAHS incluyen, por su parte, la agricultura de camellones o chinampas en México, un modo de producción de alimentos utilizado desde la época de los aztecas para cultivar en áreas permanentemente inundadas, hallado también en China y Tailandia; los waru-warus en el Lago Titicaca, sistema desarrollado hace tres mil años en los Andes, formado por plataformas rodeadas de agua para producir cultivos a 4 mil metros de altitud resistentes a las heladas, inundaciones y sequías; y los sistemas de cosecha de agua en regiones secas de Túnez, México y Burkina Fasso que almacenan la lluvia para regar los cultivos.

La expansión de estas actividades agrarias que, en general, protegen los suelos y evitan el uso de fertilizantes químicos, podría constituirse indudablemente en un potencial sumidero global de carbono para comenzar a recuperar el equilibrio perdido (10). Al respecto, organizaciones como el Movimiento por la Justicia Climática y Vía Campesina plantean que son los pequeños agricultores del mundo quienes podrían incorporar grandes cantidades de CO2 al suelo; un aumento gradual durante cincuenta años –afirman-, conseguiría capturar hasta dos tercios del exceso de este gas en la atmósfera (11). Por lo demás, es legítimo afirmar que debemos a su presencia el hecho de que el aumento de la temperatura no haya sido mayor durante el último siglo.

¿Ideología o cosmovisión?

Algunos gobiernos y corporaciones económicas presionan en los centros de decisión para sumar a los actuales programas de adaptación y mitigación al cambio climático proyectos de geoingeniería, el denominado enfoque MAG. Su ejecución supondría transformar el planeta en un campo de experimentación para probar nuevas y costosas tecnologías, cuyas consecuencias resultan imprevisibles. Sus promotores son las principales empresas que se benefician de los MDL y algunas universidades y centros de investigación de los Estados Unidos, Rusia, Alemania y el Reino Unido.
La aplicación de geoingeniería supondría una situación de emergencia climática; es decir, el fracaso de los programas vigentes. Comprende, entre otras cosas, el lanzamiento de partículas de sulfato a la atmósfera y de partículas de hierro a los océanos para nutrir el plancton que absorbe CO2; la ingeniería genética de los cultivos para alterar su mecanismo fotosintético; la construcción de millones de pantallas solares espaciales que desvíen la luz solar; el vertido de piedra caliza en el mar para cambiar su acidez; el almacenamiento de CO2 comprimido en minas abandonadas y en pozos petroleros vacíos; y cubrir los desiertos y las superficies de hielo en el Ártico, entre otros. Dado que no existe regulación internacional para su control, diversas organizaciones en el mundo exigen su prohibición, invocando el Principio de Precaución en materia medioambiental aprobado por el Consejo Europeo en diciembre del año 2000 en Niza. Aún así, China –la segunda economía mundial y principal emisor de CO2 del planeta- emplea desde hace algunos años tecnología para producir lluvia artificial bombardeando nubes con yoduro de plata, tal como sucedió durante los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 para disminuir los niveles de humedad atmosférica; acción que podría extenderse a tres millones de kilómetros cuadrados de su territorio –casi el veinticinco por ciento del total-, empleando miles de cañones y lanzacohetes disponibles para arrojar el yoduro. En Europa se ha planteado también utilizar esta tecnología, sobre todo en algunas grandes ciudades como Madrid que padecen altos índices de contaminación y largos períodos de sequía (12).

Iniciativas como éstas, desde luego, sólo pretenden sostener la validez del actual modelo industrial de producción como única alternativa y reafirmar, en fin, la indiscutible racionalidad de la ideología económica heredada del siglo XIX; una religión secular que confunde interesadamente los medios y los fines, encadenando el pensamiento a la falacia del desarrollo económico sin límites mediante el reiterado uso ilegítimo de las contradicciones (13) Obvian, por tanto, la gran diversidad de las culturas humanas que, defendiendo su cosmovisión frente a las ideologías, distinguen claramente entre los medios y los fines de la vida social, ajenas a la moderna “enfermedad de la ilimitabilidad”, para utilizar la expresión del escritor estadounidense Wendell Berry; portadoras de antiguas sabidurías con visión de futuro, confían el destino del mundo a la razón y la legitimidad de las decisiones que toman los pueblos y las comunidades.

Notas:

(1) Simone Weil. Fragmentos de “La opresión y la libertad”. En: http://hjg.com.ar/txt/sweil/sw_op_180.html . Véase también el artículo de Sylvia María Valls, traductora y especialista de la obra de Simone Weil: Celebrando los 102 años del nacimiento de “La virgen roja”.  En: http://www.institutosimoneweil.net/index.php/…

(2) Los Mitos del Mercado de Carbono. En: Los Mitos del Mercado de Carbono.pdf (1,25 MB)

(3) Sin fiestas en el Bajo Aguán: conflicto y robo de tierras en Honduras. En: http://www.biodiversidadla.org/Principal/Contenido/…;Anglo Gold y Neste Oil vencedores del Public Eye Award. En: http://www.veoverde.com/2011/02/anglogold-y-neste-oil-ganan-public-eye-award-2011/

(4) Morales advierte sobre “ecocidio” en Cancún. En: http://www.impre.com/laopinion/medio-ambiente…

(5) Los bosques, el ciclo global del carbono y el cambio climático. En: http://translate.google.es/translate?hl=es…

(6) España contribuye a los desastres ecológicos en los países del sur. En: http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=370845

(7) La escalada de patentes sobre “cultivos climáticos” amenaza la biodiversidad y genera el acaparamiento de tierras y biomasa. En: http://www.etcgroup.org/es/node/5224

(8) FAO. Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM). En: http://www.fao.org/nr/giahs/giahs-home/es/

(9) FAO. Globally Important Agricultural Heritage Systems (GIAHS). En: http://www.fao.org/nr/giahs/giahsproject/summary-features/en/

(10) Antes del desarrollo industrial, la distribución del carbono era de una tonelada en la atmósfera por cada dos toneladas en el suelo; actualmente, la proporción ha bajado a 1.7 toneladas en el suelo por cada tonelada en la atmósfera.

(11) Vía Campesina ante Conferencia Mundial de los Pueblos en Cochabamba. En: http://www.cumbrescambioclimatico.org/cochabamba/…

(12) China provoca lluvia artificial. España pretende crear lluvia artificial. En: http://www.mailxmail.com/curso-agua-energia-sinergia-hidroenergetica-2/china-provoca-lluvia-

(13) En la civilización moderna –afirmaba Simone Weil en su libro Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, escrito en 1934-, los medios usurpan el lugar de los objetivos. Las máquinas, por ejemplo, no funcionan como instrumentos para ofrecer bienestar a los ciudadanos; al contrario, son los individuos quienes sirven a las máquinas. El Estado no se encuentra al servicio de las personas; es la nación la que está a disposición de los intereses del Estado. La economía no se halla orientada a la satisfacción de las necesidades humanas; son los individuos los que deben sostener la economía y, fuera de ella, la sociedad los convierte en seres prácticamente inútiles.

*Mailer Mattié es economista y escritora. Autora de Los bienes de la aldea; La economía no deja ver el bosque; y La sociedad inédita: los límites del marxismo y del progreso (Polanyi-Weil-Illich-Berry).

 

Fuente: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article1085

El G20 en París: la crisis y los alimentos

Por: Julio C. Gambina

Entre el 18 y 19 de febrero en París, bajo la presidencia francesa para el 2011, se realizó la reunión de ministros de Finanzas y titulares de los bancos centrales del G20, con eje en la reforma del sistema financiero internacional y la volatilidad de los precios internacionales de las comodities[1].Allí discutieron los administradores gubernamentales del 85% de la riqueza mundial y el 66% de la población total.El G20 discute la crisis de la economía mundial, que en la coyuntura se manifiesta con “la subida de los precios de las materias primas, el potencial sobrecalentamiento de las economías emergentes y los problemas de deuda soberana en los países avanzados”[2], para decirlo en el lenguaje del poder mundial.Al poder le preocupa el efecto “rebeldía” producido en África con la suba de los alimentos y la emergencia de un bloque de países que pueda disputar la hegemonía capitalista, o limitarla, desde un ciclo de dos velocidades.Por un lado, en el 2008, última alza importante en los precios internacionales de los alimentos se registraron movilizaciones y protestas en Egipto[3], las que fueron contenidas con la baja transitoria sucedida en el siguiente año, tiempo de la recesión mundial (claro que también con represión). Con el alza actual de los precios internacionales, especialmente del trigo, y el ajuste que pretendió el gobierno de Egipto, el resultado fue una gigantesca movilización que cambió el escenario político del país y la región. Ya no alcanzó la represión y muerte, habilitando un debate sobre el presente y el futuro más allá del país y la región.Por otro lado, la recuperación económica desde el piso recesivo del 2009 se verifica durante el 2010, con claros problemas para expresarse del mismo modo en todas las regiones y países. Desde comienzo del 2010 se hizo evidente la continuidad y profundización de la crisis en Europa, evidenciando tiempos y ritmos disimiles de reactivación. Es un proceso diferente en el Norte y en el Sur. El consenso es que la mayoría de las economías avanzadas está experimentando un crecimiento modesto, con alto desempleo, mientras que las “economías emergentes” están experimentando un crecimiento más robusto y algunas de ellas “signos de recalentamiento”. El director general del FMI, Dominique Strauss-Khan, presente en la reunión, ha subrayado que “una reactivación mundial a dos velocidades está ya en curso”[4], refiriéndose así al desequilibrio entre países ricos y países emergentes que se pretende corregir en esta cumbre.El G20 alude a riesgos por “las tensiones en los mercados de deuda soberana de las economías avanzadas”. En efecto, la deuda externa pública de EEUU alcanza a 3,5 billones de dólares[5], que se extiende a más de 13 billones sumando la pública y la privada, constituyéndose en el 100% del PBI estadounidense[6]. Si se añade la deuda de los países europeos y Japón nos encontramos con un cuadro de compromiso importante con riesgo de profundizar la crisis en curso.En el cónclave de ministros hubo preocupaciones por las presiones inflacionarias asociadas al crecimiento de algunos países, por los fuertes flujos de capital en dirección de algunos “emergentes” que pueden generar “burbujas”. Sin duda remite a China, a quien se presiona para que aprecie su moneda, exporte menos y se comprometa con compras al capitalismo desarrollado para ayudarlos a superar el lento crecimiento luego de la recesión del 2009. La preocupación por la inflación está asociada al crecimiento de los precios de los alimentos y el impacto entre los más pobres y su conflictividad.Otra de las motivaciones de los organizadores apuntó a fijar una regulación financiera que proteja al sistema económico en su conjunto, para lo cual propusieron un fortalecimiento del papel del FMI como entidad rectora del sistema mundial. No alcanza con la verificación de corresponsabilidad del organismo en la crisis actual, sino que se reincide en afirmar su papel, poniendo de manifiesto el interés del poder mundial en la continuidad del proceso de liberalización de la economía.Las propuestas tipo Tasa Tobin son tardías y apenas “parche” en la realidad de generalización especulativa vigente. Una cosa era su fundamentación al comienzo de los 70´ por su mentor (James Tobin) para “poner un grano de arena a los engranajes financieros” que anticipaban la especulación que llevará a las burbujas posteriores, sus explosiones, y la crisis actual. Otra también es el momento de re significación de la propuesta por la red ATTAC en todo el mundo a fines de los 90´, que actuó como propuesta educativa sobre lo que se podía y debía hacer. Ahora, no alcanza con un impuesto, y la necesidad apunta a desarmar la institucionalidad de la especulación asociada a paraísos fiscales y ganancias sustentadas en la superexplotación de la fuerza de trabajo y la destrucción de la naturaleza.

La continuidad de la crisis

La presidencia de la reunión, para afrontar la crisis que sufren directamente los países más desarrollados del capitalismo, pretendía definir indicadores para el crecimiento, e incidir en la reforma del sistema monetario internacional y en la regulación financiera a favor de la liberalización que demanda el capital más concentrado. Ese fue el marco para analizar la volatilidad de los precios y la propuesta para regular los derivados sobre materias primas.El objetivo del G20 sigue siendo la crisis de la economía mundial, en una semana donde el Banco Central de Portugal anunció la recaída en recesión de ese país, y cuando el Banco Mundial ratifica el menor crecimiento de la economía mundial[7]. No hay recesión, pero si desaceleración[8]. Por ello las preocupaciones siguen concentradas en “nivelar los desequilibrios comerciales globales”, llamar la atención sobre “las elevadas deudas de los países capitalistas desarrollados”, y el “auge de los precios de los productos agrícolas”.Lo que los países capitalistas desarrollados pretenden es salir de la crisis de desaceleración de sus economías vendiendo más y comprando menos, superar el déficit comercial y disminuir el superávit comercial de países como China, Brasil u otros emergentes. Buscan definir “indicadores económicos para medir los desequilibrios mundiales”. Pretenden que los países no acumulen reservas y que gasten la que tienen acumulada, unos 52.000 millones de dólares para el caso argentino, y más de 500.000 millones de dólares para la región latinoamericana. Ni que hablar de los 3 billones de dólares que mantiene China como reservas internacionales.El objetivo de la reunión era nivelar los desequilibrios comerciales globales y el auge de los precios de los productos agrícolas. Desde las autoridades francesas se buscó definir “indicadores económicos para medir los desequilibrios mundiales”, impedido por reticencias de los países “emergentes”, con China a la cabeza. Se proponían cuatro criterios: dos para medir los desequilibrios internos de un país (déficit y deuda públicos de un lado, ahorro privado del otro) y dos para los desequilibrios externos (saldo de la balanza de cuenta corriente o de la balanza comercial, y reservas cambiarias y tipos de cambio reales). China rechaza subordinarse a esa estrategia, sustentado en el poder de sus exportaciones y capacidad productiva, habiéndose colocado como el segundo PBI mundial, superando a Japón y a Alemania, relegados al tercer y cuarto lugar entre los países de mayor creación de riquezas. La solución de compromiso de avanzar con indicadores de referencia sin capacidad disciplinadora da cuenta de la vulnerabilidad del sistema mundial y la incapacidad de la hegemonía mundial en el G20 para “ordenar” el capitalismo en crisis.Argentina y Brasil, entre los mayores productores y exportadores mundiales de alimentos, se oponen a cualquier propuesta de regular los precios de las materias primas. “Lo que nosotros vamos a defender es la posición de Argentina -que también es la que lleva Brasil- respecto a que no es una buena propuesta intentar que nuestros países no cobren los precios que los mercados dan por los bienes que producimos”[9], anticipó Amado Boudou, Ministro de Economía de la Argentina. En la misma nota se lee que si Francia piensa “que hay que aumentar la oferta de alimentos, no va a ser por este camino por el cual se va a lograr”. Según la misma fuente, señaló que Argentina “viene haciendo un fuerte aporte, sobre todo en África, en lo que es transferencia tecnológica y para que lleguen las técnicas de producción de alimentos a otros países”.Agreguemos, que además de los temas de agenda del G20, uno de las motivaciones de Amado Boudou en París, pasa por avanzar en las negociaciones con el Club de París, una deuda externa de la Argentina que se mantiene impaga y que puede terminar acrecentando obligaciones a cubrir en el corto plazo con el presupuesto público por 7.500 a 9.000 millones de dólares. Vale mencionar que existe un espacio nacional conformado por legisladores, personalidades y movimientos sociales que demandan considerar a esa deuda como odiosa, por haber sido contraída mayoritariamente en tiempos de la dictadura.Está claro que la presencia argentina en el debate del G20, del mismo que la de Brasil y otros países “emergentes” están asociados a la disputa por un lugar en la división social “capitalista” del trabajo. Hay que interrogarse si ello supone solución a las demandas sociales más extendida, por trabajo y salario, y más aún por un modelo productivo y de desarrollo de carácter alternativo al hegemónico actual.Los franceses en la presidencia del G20 son los principales impulsores de regulaciones restrictivas al precio de las materias primas y al establecimiento de estrictos indicadores económicos, al tiempo que asignan primacía al fortalecimiento del FMI como ordenador del sistema financiero mundial. China, Brasil o Argentina defienden su posición de países superavitarios del comercio mundial, con importantes reservas. Es más, contrario a esa orientación, Argentina desarrolla en la actualidad una política económica de restricción a las importaciones, exceptuando a las provenientes de Brasil y Uruguay, privilegiando las relaciones con los vecinos del Mercosur, pero intentando mantener mayores exportaciones que importaciones, más allá del necesario debate escamoteado sobre qué tipo de productos son los que determinan el comercio internacional de la Argentina, tanto importaciones como exportaciones. China se resiste a la revaluación de su moneda, el yuan, y es conocida la política brasileña de fuerte asistencia estatal en defensa de sus empresas industriales.
Pero no solo alimentos o cuestiones monetarias explican las contradicciones de estos países con los poderosos del mundo. China que ocupa un lugar estratégico en el manejo de los “minerales raros” no atiende las demandas contra su política económica. En un mensaje reciente de Fidel Castro a los intelectuales, dado en la Feria internacional del Libro de La Habana difundido el 15 de febrero del 2011 por la TV cubana y que puede verse en youtube, el Jefe de la revolución cubana destaca el vínculo estrecho entre el cambio climático y el precio de las materias primas[10].Por su parte, Leonardo Boff nos desafía a pensar que “El futuro se juega entre quienes están comprometidos con la era tecnozoica con los riesgos que encierra y quienes, asumiendo la ecozoica, luchan para mantener los ritmos de la Tierra, producen y consumen dentro de sus límites y ponen su interés principal en perpetuarse y en el bienestar humano y de la comunidad terrestre”[11].En una carta a la presidenta argentina se reflexiona sobre el país “devastado” y de la responsabilidad de “nuestros gobernantes desde hace décadas, desde los milicos y antes de los milicos y después de los milicos, que es lo grave.” Tanto como  el hecho de “congelar nuevamente la Ley de Glaciares, para muchos de nosotros es inexplicable ese entusiasmo por la minería a cielo abierto, que es la próxima catástrofe de la Argentina.” Concluye destacando que “El territorio argentino está siendo arrasado, Señora. Lo recorro año a año; veo el deterioro. Cambia nuestra geografía, peligran las aguas, los bosques, ahora las montañas. La minería a cielo abierto es un crimen y en muchos países está prohibida. Igual que la soja transgénica.”[12]Las transnacionales van detrás de los recursos naturales y los bienes comunes, la tierra, el agua, y cuentan con la solidaridad de sus Estados de origen para sus demandas, y por eso buscan restricciones al precio de las materias primas. La sola mención de tratamiento del tema indujo una baja en las cotizaciones de la soja, del trigo y el maíz, entre otros productos agrícolas. Ni Argentina ni Brasil están dispuestos a resignar el precio de mercado de los bienes que producen. Es un debate que coloca en el centro de la discusión la crisis alimentaria, que de un lado tiene el aumento de la producción de alimentos y del otro el mantenimiento y agravamiento del hambre de millones de personas.

La crisis alimentaria

La explicación debe encontrarse en el modo de producción actual, donde las transnacionales de la alimentación y la biogenética se encuentran al mando de un ciclo productivo global que subordina el conjunto de la producción mundial, favoreciendo cierto consumo, despoblando el campo, y condenando al hambre a millones de personas. Basta pensar en la extensión sojera en nuestro país y en los países del Mercosur para verificar la hipótesis.Los movimientos sociales agrarios articulados en la red mundial “vía campesina”[13] demandan un nuevo modelo productivo agrícola sustentado en la agricultura familiar para que las comunidades aseguren su sustento y solo exporten el excedente.Nuestros países están entre mantener el modelo definido por las transnacionales y las nuevas presiones del capitalismo desarrollado motorizadas desde el G20, o definir otro rumbo productivo, lo que supone otro modelo de desarrollo para otro país y para otro mundo, consigna que define sintéticamente el programa del Foro Social Mundial.Siguiendo el razonamiento de “vía campesina”[14], la explicación de la contradicción entre el aumento de la producción agraria y el hambre, está en el control “oligopólico que unas pocas empresas tienen del comercio agrícola mundial, de los principales productos, como: soya, maíz, arroz, trigo, leche y carnes; pues ellas imponen un precio, independientemente del costo real de producción”. A ello adicionan el impacto de la “especulación” con la compra de títulos, por ejemplo, sobre “las próximas siete cosechas de soya del mundo” y la inversión de bancos “en mercancías agrícolas, para protegerse de la crisis general”. Agregan que “La producción agrícola de agrocombustibles”, sustentados en precios del petróleo en alza, “termina empujando la tasa medía de ganancia en la agricultura”. La combinación del monopolio de las transnacionales de la alimentación y la biogenética, con la especulación y la utilización de alimentos para la producción de energía y consumo de animales, eleva el costo de la producción remanente para consumo humano. El modelo de consumo derivado del modo de producir agricultura y ganadería en este comienzo del Siglo XXI está contribuyendo a sustentar una revolución agrícola al tiempo que incrementa la insatisfacción proteica de millones de personas en el mundo agravado el cuadro de desigualdad que hoy reconocen todos los estudios sobre el tema.Convengamos que la institucionalidad global (OMC y otros) y las legislaciones nacionales se han ido adecuando para favorecer este modelo productivo. No puede pensarse en la extensión de la capacidad de producción y exportación de soja en Argentina[15], por ejemplo, al margen de las reformas neoliberales de los 80´ y los 90´, especialmente con la autorización para la producción transgénica en la segunda mitad de la década pasada. La pelea por las patentes en el plano internacional explica el interés de la dominación transnacional en la innovación a todo nivel. Existe una dialéctica virtuosa entre los cambios jurídicos impulsados por las políticas hegemónicas de cuño neoliberal de los 90´, aplicadas en los países del cono sur de América, con la expansión de la frontera agrícola del ciclo de la soja. Es al mismo tiempo una dialéctica viciosa que afecta otros desarrollos productivos, como los de la carne, induciendo el modelo de los feedlot (engorde intensivo), la exportación vinculada al ascenso de los precios de los mejore cortes, con los consiguientes encarecimientos de los precios y restricciones al consumo de carne de sectores de menores recursos.La consecuencia de este proceso según Bruneto y Stedile es que “En las últimas dos décadas con el proceso de internacionalización del capital y de las empresas capitalistas, los precios de los alimentos se internacionalizaron. Esto determina que los parámetros de producción y de los precios no son más el costo real de producción de alimentos en cada país, sino que se establece un precio medio mundial, controlado por las empresas, que excluye completamente otras formas de producción, locales, campesinas, etc.” Concluyen señalando que “la lucha por la soberanía alimentaria que los movimientos de la Vía Campesina en todo el mundo adoptaron como prioridad es más que correcta, es necesaria y urgente”[16].
Necesidad de cambios estructuralesEl problema es que no puede escindirse la crisis contemporánea de la integralidad de funcionamiento del sistema capitalista, y que las medidas que discute o anuncia el poder mundial, expresado por el G20 son funcionales a mantener y desarrollar el capitalismo en esta época.El capitalismo empuja la liberalización y el crecimiento económico a costa de la sociedad, especialmente de sus trabajadores, y por eso se mantiene elevado el desempleo. No es efecto no querido, sino consecuencia directa de la forma que asume la explotación en nuestro tiempo. Ello supone la disminución absoluta y relativa del ingreso de los trabajadores promoviendo una mayor desigualdad. Algo que se pone de manifiesto con el avance del consumo suntuario favorecido por una gigantesca intervención de los Estados nacionales para promover el salvataje de empresas en crisis entre 2008 y 2010. Pero no solo a costa de la sociedad, sino también de la naturaleza, expresado entre otras cuestiones en el efecto invernadero por la emanación recurrente de gases tóxicos derivados del modo concreto de producción.El fracaso del G20, no solo en este encuentro de París, sino en todas sus cumbres anteriores es reflejo de la imposibilidad de resolver la crisis alimentaria, energética, ambiental, financiera y económica, sin resolver integralmente la cuestión, lo que impone una crítica profunda al orden capitalista y a la necesidad de pensar en otro orden social para satisfacer las necesidades de la población mundial.

[1] “Bienvenidos a la presidencia francesa del G20” Consultado el 19 de febrero de 2011 en: http://www.g20.org/index.aspx

[2] “El G20 ve el precio de materias primas y la deuda como lo mayores riesgos”. Miércoles, 16 de Febrero de 2011. Consultado el 19 de febrero de 2011 en Latindadd, Red Latinoamericana sobre Deuda, Desarrollo y Derechos:http://www.latindadd.org/index.php?option=com_content&view=article&id=1371:el-g20-ve-el-precio-de-materias-primas-y-la-deuda-como-lo-mayores-riesgos&catid=38:noticias&Itemid=114

[3] Héctor Huergo. “La nueva arremetida de los precios”, Clarín, suplemento rural del sábado 19 de febrero de 2011, página 3. El autor sostiene que “Hay un denominador común en la crisis política que agita a los países del norte de África y Medio Oriente. Es el alto precio de los alimentos, en especial del trigo. Ya había habido agitación social en Egipto en el 2008, cuando se dispararon los precios de los granos.”

[4] “Primera reunión del G20 en París bajo presidencia francesa”. En rfi, publicado el viernes 18 de febrero de 2011 y consultado el 19 de febrero de 2011, en: http://www.espanol.rfi.fr/economia/20110218-primera-reunion-del-g20-en-paris-bajo-presidencia-francesa

[5] Eric Toussaint. “Crisis Global. Del Norte al Sur del planeta: la deuda en todos sus estados”. Versión provista por el autor de la conferencia dictada en Ecuador, en la sede del Banco Central, el 27 de enero del 2011.

[6] http://www.bea.gov/

[7] “El Banco Mundial prevé una desaceleración del PIB mundial en 2011. Alerta de la amenaza para el crecimiento de los problemas del sector financiero en algunos países de ingreso alto”. En Finanzas.com del 13 de enero del 2011, consultado el 19 de febrero del 2011 en: http://www.finanzas.com/noticias/economia/2011-01-13/411362_banco-mundial-preve-desaceleracion-mundial.html

[8] Ib. La previsión para el 2011 es 3,3% del PBI mundial contra un 3,9% del 2010. “…el organismo estima un mayor crecimiento de los países en desarrollo -al 7% en 2010, 6% en 2011 y 6,1% en 2012-, superando así a los países de ingreso alto, que se proyecta llegarán a niveles del 2,8% en 2010, 2,4% en 2011 y 2,7% en 2012. Así, el Banco Mundial considera que la economía mundial se desplaza desde una fase de repunte posterior a la crisis hacia un crecimiento lento…”

[9]Argentina se opondrá en el G-20 a regular los precios de las materias primas. Diario Clarín, Suplemento económico IEco del 17 de febrero de 2011, consultado el 19 de febrero de 2011 en:http://www.ieco.clarin.com/economia/Argentina-G-20-regular-precios-materias_0_214500016.html

[10] http://www.youtube.com/watch?v=hWcasFrlkxI

[11] Leonardo Boff. El difícil paso del tecnozoico al ecozoico. Difundido por el Servicio Informativo “Alai-amlatina” el 18 de febrero del 2011. Tecnozoico alude a un tiempo de utilización de la ciencia y la técnica para explotar recursos naturales en beneficio de unos pocos y ecozoico, relativo a mantener la vitalidad y equilibrio de la tierra.

[12] Mempo Giardinelli. Sobre mentiras y naturaleza. Carta abierta a la presidenta. En Página 12, del 15 de febrero de 2011, consultado el 20 de febrero de 2011 en: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-162379-2011-02-15.html

[13] http://www.viacampesina.org/sp/

[14] Egidio Bruneto y Joao Pedro Stedile. Militantes del MST y de la Vía Campesina. Las causas del aumento de precios y de la crisis alimentaria en el mundo (Traducción Minga Informativa de Movimientos Sociales). En: http://www.movimientos.org/show_text.php3?key=18963

[15] Para 1993 la extensión sembrada de soja para las principales provincias productoras era de 5.300.000 has, ascendiendo a 10.200.000 has en 2001. Para el conjunto del país era de 14.500.000 en 2003-04 y 16.600 en 2007-08.  Fuente INDEC, consultado el 19 de febrero de 2011, en: http://www.indec.mecon.ar/ Se estima un total de 20 millones de has para la cosecha actual.

[16] Ib.

Fuente: http://juliogambina.blogspot.com

Repolitizar la alimentación

Por: Gustavo Duch Guillot*

Como se advirtió a mediados del año pasado, todos los condicionantes apuntaban a una nueva y grave crisis alimentaria, que se suma a la crisis financiera generalizada y la crisis climática. Son muchos los factores que aparecen para explicarla, pero a mi entender –y al estilo de la catequesis– todos se resumen en uno: la desaparición, bajo el oleaje de la globalización neoliberal, de cualquier atisbo de política agraria y/o alimentaria. Me explico.

Uno de los factores causantes de la crisis es –desde luego– la especulación, que los fondos de inversión y sus socios banqueros realizan a base de negociar con los alimentos y otras materias primas. Ahora sabemos bien –y sufrimos– que a estas urracas se les ha abonado el terreno para volar a sus anchas y trapichear con todas las licencias y matasellos necesarios en el mundo de las finanzas. Pues con ese cielo despejado, sin ninguna regulación que lo impidiera, ya hace varias décadas que atesoran beneficios a costa de apostar a la [falsa] escasez de alimentos. Y su responsabilidad en esta crisis es notable, tirando a sobresaliente, pues como ha dictaminado el Parlamento Europeo, el pasado 18 de enero, “los movimientos especulativos son responsables de casi 50 por ciento de los recientes aumentos de precios…”
En la anterior crisis y en esta ha aparecido un segundo factor. La utilización de cereales y leguminosas para la fabricación de combustibles. Sólo en Estados Unidos se calcula que más de la tercera parte de la cosecha de maíz ya se la engullen los automóviles, por lo tanto, una gran cantidad de alimento que nunca nutrirá a nadie con dos patas. Y aquí no es tanto la desaparición de políticas agrarias que atiendan con sentido común a las necesidades y derechos de la población, sino que es –precisamente– la elaboración de medidas favorables a la incorporación de estos agrocombustibles en la matriz energética de Europa y Estados Unidos la que ha favorecido la expansión de estos combustibles, antes comestibles.

Se añade, como elemento clave de esta nueva subida de precios de cereales y otras materias primas alimentarias, la subida del precio del petróleo. Efectivamente, pero ¿por qué se han volatilizado las ayudas a la pequeña agricultura campesina o a la agricultura ecológica capaz de producir alimentos de forma sostenible sólo con tres elementos, tierra, sol y agua, y que prescinde del petróleo pues no usa fertilizantes ni pesticidas? Los alimentos para brotar y crecer no necesitan petróleo, sólo cariño y trabajo campesino.

Por último, tenemos los problemas de escasez de alimentos que nos dibujan cotidianamente y que –explican– se complicarán como consecuencia del cambio climático (de nuevo, responsabilidad de la desaparición de políticas soberanas respecto de los intereses de las industrias y el capital). Para valorar esta falta de alimentos una fórmula sorprendente es sumergirse en las estadísticas de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), pues sabe mucho de todo esto. Según sus datos, la última previsión de las cosechas de cereales de 2010 se calculó en 2 mil 230 millones de toneladas (sólo 1.4 por ciento menos del volumen del año anterior), siendo de todas formas… la tercera mayor cosecha mundial registrada hasta la fecha. Y el consumo calculado de cereales para el mismo año fue de 2 mil 260 millones de toneladas. Entonces tenemos un déficit, cierto, pero sepamos que de este consumo sólo mil 50 millones son los requeridos para la alimentación de las personas, el resto se utiliza en piensos, combustibles y otros usos. Pero además, esos 30 millones de supuesto déficit no son determinantes si tenemos en cuentan, de nuevo según la FAO, la existencia de más de 500 millones de toneladas de reservas de cereales. ¿Escasez?

Pero aun con todo esto, aun con alimentos suficientes, los precios de los alimentos aumentan y con ello el número de personas que pasan hambre. Ya son 44 millones de personas, según el Banco Mundial, quienes han sido arrastradas bajo el umbral de pobreza por el incremento de los precios de los alimentos. Y esta circunstancia se da con mayor crudeza en aquellos países que, de nuevo –insisto–, siguiendo las directrices de las políticas neoliberales, han dejado de lado las políticas agrarias nacionales, desasistiendo a la producción y productores/as locales, quedando desnudas e indefensas frente a los malabares del mercado. Sólo un último dato: mientras que la FAO recomienda que la inversión en el sector agrícola sea de 20 por ciento del presupuesto nacional, las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han situado esta cifra en 4 por ciento de media.

Este fin de semana, quienes deberían tomar medidas, quienes deberían hacer política, quienes deberían ejercer su oficio, abordarán la situación. Esperemos que la reunión de ministros de finanzas del G-20 en París, al menos, ponga coto a los mercados de materias primas para frenar esta nueva crisis alimentaria. Quedarán otros capítulos por corregir, por repolitizar, pero el alimentario es urgente.

*Gustavo Duch Guillot es autor de Lo que hay que tragar

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/02/19/index.php?section=opinion&article=025a2pol

Exportando recursos naturales, otra vez



Por: Eduardo Gudynas

El comercio exterior de América del Sur no solo no ha logrado romper la dependencia en exportar materias primas, o sea, recursos naturales, sino que ésta se acentúa, alentada por factores como la crisis económico financiera, los altos precios de los commodities, y el insaciable apetito importador asiático.

El anuario estadístico de CEPAL, presentado semanas atrás en Santiago de Chile, muestra esta tendencia con indicadores sistematizados al año 2009. En la Comunidad Andina, el porcentaje de productos primarios en el total de exportaciones volvió a aumentar (del 81 por ciento en 2008 subió al 82,3 por ciento en 2009); y en el Mercosur el salto fue mayor (de 59,8 a 63,1 por ciento).

Los países andinos muestran la mayor “primarización” de sus exportaciones, en el orden del 90% (son los casos de Bolivia Perú, Ecuador y Chile (y seguramente también Venezuela, aunque para este país no hay datos sistematizados). Los datos preliminares para 2010 concuerdan con este cuadro. Además, la tendencia es profundizar esta dependencia. Por ejemplo, en Bolivia, en los últimos cinco años, la participación de bienes primarios pasó del 89,4 por ciento en 2005, a casi el 93 por ciento actual. O sea, que sea un gobierno progresista, como el de Evo Morales, o uno conservador como Alan García, en los últimos años, la primarización aumentó.

Pero lo mismo ocurre en Brasil, un país que es presentado como un éxito económico, pero que en realidad esconde varias contradicciones que los analistas internacionales no se detienen a señalar. Por ejemplo, durante las dos presidencias consecutivas de Lula da Silva, la participación de los bienes primarios en las exportaciones pasó de 48,5 por ciento en 2003, al 60,9 por ciento en 2009. La idea de un Brasil industrializado debe ser tomada con pinzas, ya que ese Gobierno sigue profundizando las exportaciones de recursos naturales. Por lo tanto, habría que considerar con cuidado si la estrategia económica y productiva de Lula es realmente un ejemplo a imitar.

En los últimos días se han conocido datos para Uruguay, y la situación es esencialmente la misma: la primarización aumento, y el país se desindustrializa.

Las tentaciones para seguir esta estrategia primarizada son enormes. La demanda internacional es fuerte (especialmente desde Asia), los precios son atractivos (en 2010 aumentaron un 28 por ciento respecto a 2009 para los agroalimentos, un 30 por ciento en los minerales, según la UNCTAD, y el precio del petróleo sigue aumentando). Por si fuera poco, en varios países esos sectores permiten captar ingresos fiscales jugosos.

Pero bajo esa estrategia, el objetivo del desarrollo nacional, como “desarrollo endógeno”, se pierde; la autonomía frente a los mercados globales se desvanece. Las industrias nacionales no se recuperan, en varios casos se reducen. Mientras que en el pasado, en varios países la izquierda acusaba a la derecha por favorecer las importaciones de bienes de consumo de Estados Unidos o Europa, en la actualidad, unas cuantas izquierdas gobernantes se entretienen con importaciones desde Asia. Para comprar esos automóviles o electrodomésticos cada vez se les exportan más minerales o más soja. Están cambiando los destinos del comercio internacional, pero la asimetría entre la venta de bienes primarios y la compra de manufacturas, se mantiene.

Bajo ese estilo de desarrollo, el empleo generado es insuficiente, la productividad es suplantada por mayores volúmenes exportados, y la presión sobre los recursos naturales aumenta, y con ello, los conflictos sociales. Ingenuamente se espera que la pobreza se reduzca como consecuencia de las exportaciones. Aunque antes se festejaba la globalización, y hoy se duda de ella, esperar que las exportaciones de materias primas resuelvan todos nuestros problemas es ingenuo y carece de fundamento. Sigue siendo necesario generar estrategias de desarrollo endógenas y autónomas.

Fuente: www.accionyreaccion.com / Blog de Eduardo Gudynas

“La destrucción de la biodiversidad tiene las mismas causas que la degradación social”

Por: Eduardo Febbro desde París en dialogo con el biólogo francés ROBERT BARBAULT/ Pagina12

Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad”. En su reflexión se aúnan dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado resalta una evidencia no siempre destacada: “Nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta.
¿Qué es la vida? Un paseo a través de las pasarelas de la Galería de la Gran Evolución del Museo de Historia Natural de París bosqueja una respuesta singular: los elefantes, los dinosaurios, las jirafas, las cebras, los monos, los tigres, los rinocerontes, las focas, los incontables pájaros y mariposas componen un retrato alucinante de la diversidad de la vida terrestre. Del silencio atomizado de esos animales, de su eterna inmovilidad científica ofrecida a la observación, se desprende una sensación de admiración, de extrañeza y de hermandad sustancial con aquel laberinto de especies. La terminología moderna define esa variedad de seres vivos que pueblan la Tierra con un término no siempre comprendido en su exacta profundidad: la biodiversidad, eso que el biólogo francés Robert Barbault llama “el tejido viviente del planeta”. Tejido, red, malla, entrelazado, entramado, la relación entre las especies es una interconexión permanente que no excluye al ser humano. Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad” que el entomólogo Edward Wilson puso de moda cuando advirtió sobre la acelerada desaparición de las especies. Biólogo, profesor en la Universidad de París VI y director del Departamento Ecología y Gestión de la Biodiversidad en el Museo Nacional de Historia Natural, Barbault ha explorado ese “tejido viviente” pero no como una curiosidad científica sino en su relación más directa y peligrosa con las sociedades humanas. En su libro más célebre, El elefante en la cacharrería (Editorial Laetoli, 2009), el biólogo francés analizó la “destrucción programada de la biodiversidad” bajo la presión del crecimiento de las sociedades humanas. La Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) calcula que una tercera parte de las especies animales o vegetales están amenazadas de extinción y que la velocidad de esa extinción es mil veces más elevada que el ritmo natural. Barbault aúna en su reflexión dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado es un trabajo riguroso y claro que resalta una evidencia no siempre destacada por la ecología política: “nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”, todo lo que consumimos “proviene de los seres vivos”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta, es decir, con los seres vivos. Robert Barbault observa a menudo que de la biodiversidad sólo percibimos la palabra, que Occidente vive tan alejado de la biodiversidad que hasta perdió la conciencia de que la aventura del ser humano en el planeta es posible gracias a ella, incluso cuando consumimos gas o petróleo. ¿Qué es la vida? Pues precisamente eso: un tejido de diversidades que la especie humana se ha empeñado en destruir.

Los sentidos de la biodiversidad

–La biodiversidad es una palabra de moda cuyo sentido profundo, sin embargo, escapa a la comprensión completa. Los medios la resumen a la relación que puede haber entre una araña y una mosca, pero la biodiversidad es algo más complejo e incluso más estratégico que el cambio climático.

–Si se inventó la palabra biodiversidad no fue sólo para afirmar que la vida es diversificada. No, fue para introducir algo nuevo y radicalmente diferente: se trata de tomar conciencia de nuestras implicaciones en la biodiversidad, a la que yo defino como el tejido viviente del planeta. Existen redes, mallas, tejidos e interacciones entre las especies, entre nosotros y las especies. Y es ese tejido el que hoy se está deconstruyendo, destejiendo. La biodiversidad es un fenómeno geopolítico que plantea muchos problemas. Cuando nos referimos a la biodiversidad estamos aprendiendo muchas cosas sobre nosotros, los seres humanos. La biodiversidad es un espejo, es un problema de la sociedad humana y no sólo de los seres vivos, que pueden prescindir de nosotros. El sistema de lobbies que está detrás del desarrollo actual tiene una potencia financiera tal, una capacidad de comunicación y de manipulación de la opinión tan grande que llega a sembrar la duda en la sociedad sobre los problemas derivados de la biodiversidad o del cambio climático. Tenemos una visión limitada de la biodiversidad, como si sólo se tratara de un catálogo de especies o de una colección de estampillas. No se llega a entender que una especie es semejante a la población humana, es un conjunto de individuos que depende de recursos, de un territorio.

–Usted señala en sus trabajos una paradoja terrible: nuestra relación con el sistema de los seres vivos es destructora cuando, en realidad, el ser humano depende enteramente de la integridad de ese sistema.

–El modo de desarrollo económico está gobernado por una especie, la humana, que se ha desarrollado a un paso acelerado y que, para vivir, requiere constantes recursos. El sistema económico dominante hizo perder de vista la noción según la cual nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes. Las energías fósiles, carbón o petróleo, son el resultado de los seres vivos. Todo lo que comemos proviene de los seres vivos, de la diversidad. La ropa con la que nos vestimos, incluso cuando es sintética, proviene de la diversidad porque sale del petróleo y el petróleo es el trabajo de la vida durante millones y millones de años. Todo parte de las estructuras de los seres vivos, estamos rodeados de ellos. La razón de ser de la diversidad es la estrategia de adaptación a los cambios, a las catástrofes. Ello explica por qué los seres vivos son tan diversificados y por qué hay mucho más que tres especies en la Tierra. Para durar en un mundo que cambia todo el tiempo sólo la diversidad tiene esa capacidad de adaptación.

El papel de la cooperación

–Usted también pone de relieve otra de las carencias de la visión contemporánea de la naturaleza. Se ahonda mucho en los principios de preservación, de protección, pero se aborda muy poco la noción de cooperación entre las especies, concretamente, entre el ser humano y su entorno natural. Se erigió la competición y el desarrollo como norma, o sea, como abuso.

–Consumimos en exceso lo que nos da la vida y olvidamos con ello la noción de cooperación con las especies. Se ha trabajado muy poco sobre la cooperación entre las especies. Hasta los años ’80 se hablaba mucho acerca de la relación entre el predador y la presa pero muy poco sobre la interacción, la cooperación. Eso me llevó a interesarme en la historia del pensamiento ecológico. En esos textos encontré un reflejo de la sociedad industrial, es decir, el concepto de competencia por encima de todo, la relación comedor/comido. Nada había sobre la importancia de las relaciones basadas en la cooperación. Sin embargo, en la historia de los seres vivos, la cooperación y las interacciones positivas entre individuos de la misma especie y de especies diferentes son fundamentales, tanto más cuanto que constituyen la fuente de la diversidad y de la vida en la Tierra. No niego la existencia de la competencia entre las especies, pero también encontramos los mismos niveles de cooperación. Por ejemplo, si reflexionamos un poco, enseguida nos damos cuenta de que la agricultura no es otra cosa que una relación de cooperación entre el Homo Sapiens, las plantas y los animales que hemos domesticado. Las sociedades humanas también funcionan en torno de la confianza y la cooperación. Como lo vimos con la crisis financiera, cuando se produce una ruptura en la confianza se fractura la sociedad y nada funciona. La misma ley que rige las sociedades humanas vale para los seres vivos.

–Sin embargo, el modelo de desarrollo es totalmente destructor, a la vez de la biodiversidad y de la idea de cooperación.

–Este sistema se construyó según la hipótesis de que la naturaleza era una cuestión de recursos infinitos, ilimitados. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII esa hipótesis podía ser válida porque el impacto del ser humano sobre la naturaleza era moderado. Pero con la aceleración del tiempo, gracias a los desarrollos técnicos y científicos y a la irrupción de la sociedad industrial, la población humana creció enormemente, y con ello sus necesidades. Esa hipótesis es entonces inaplicable. El cambio se produjo con la Segunda Guerra Mundial. A partir de allí se aceleró la depredación de los recursos. Desde entonces nada detuvo el movimiento. Hoy sabemos que esa política no puede continuar. Se inventó el concepto de desarrollo sostenible, pero tengo la impresión que esa idea feliz se limita a una suerte de marca, de etiqueta, de sello carente de beneficios. De hecho, por más desarrollo sostenible que se quiera impulsar, si no se reflexiona sobre la falsedad en que se basó nuestro modo de funcionar, no sirve de mucho. Si se quiere cambiar el rumbo de la situación es imprescindible llevar a cabo esa reflexión, encontrar en qué nos equivocamos a fin de reincorporarnos al tejido de lo viviente planetario y tomar conciencia de que dependemos de él. Es preciso cambiar muchas cosas de forma radical. Esto no se hará de un día para el otro. Pasar de un sistema de desarrollo como el nuestro, totalmente depredador, a otro más racional, necesitará tiempo. Desarrollo sostenible también quiere decir desarrollar la calidad de vida. Pero claro, si se habla de desarrollar el crecimiento del PIB entonces caemos en un sin sentido. Lamentablemente ése es el riesgo que corremos hoy.

La dictadura del PBI
–La idea de crecimiento es intrínseca al concepto de desarrollo. Resulta filosófica y políticamente imposible hacer entender que la dictadura del crecimiento del PIB como única medida del desarrollo humano y del progreso es un suicidio programado.

–La realidad es la siguiente: si pasamos a un modo de crecimiento más económico y eficaz apenas esto nos permitirá ganar un poco de tiempo para intentar, al menos, cambiar de dirección. Pero el problema que se plantea es que es casi imposible hablar de decrecimiento. No se acepta la idea de que el crecimiento no puede ser eterno, es imposible hablar de ello o analizar qué estamos poniendo dentro de la palabra crecimiento, qué es lo que sí puede crecer y lo que no. Ese ha sido uno de los límites que encontré en el desarrollo sostenible. No se trata de discutir sobre lo sostenible sino sobre qué es exactamente el desarrollo, eso que concierne a las sociedades humanas y que debería permitirles durar el mayor tiempo posible. La crisis de la biodiversidad nos obliga hoy a reflexionar en esos términos. Lamentablemente, la biodiversidad sigue limitada a las reservas, a la idea simple de preservación. Y todo sigue igual porque las referencias son estrictamente económicas y ese modo de desarrollo económico no toma en cuenta los estragos que se ocasionan. ¡Muy por el contrario, los estragos están incluidos en el crecimiento! Cuanto más se destruye, más se aumenta el PIB. ¡Con un indicador semejante hemos empezado muy mal!

–Se ha llegado a una velocidad de destrucción de la biodiversidad mil veces superior a la velocidad natural.

–La velocidad de destrucción de la biodiversidad es considerablemente mayor que la natural y, sobre todo, si no se cambia nada esa destrucción continuará acelerándose. Esa es la principal preocupación, que muy pocos toman en serio.

–Incluso si hay un debate al respecto, muchos científicos sostienen que hemos llegado a la sexta etapa de la extinción.

–Depende de cómo se digan las cosas porque si no esto puede tener un aspecto más negativo que constructivo. Se dice: estamos en la sexta crisis de extinción y se hace la analogía con las cinco precedentes, que se produjeron cuando el ser humano no estaba aquí y en escalas de tiempo que nada tienen que ver con las escalas con las que vivimos hoy. La última extinción duró millones de años. Dicho esto, debemos comprender que estamos en un proceso, en una fase de aceleración de la tasa de extinción. En nuestra calidad de especie humana tenemos la capacidad de reaccionar. Si somos capaces de hacer la guerra de un día para otro, incluso cuando no hay dinero, pienso que podemos resolver el problema. No creo que vayamos a erradicar por completo la amplificación de la erosión de la biodiversidad, pero podemos tender hacia una estabilización, a una coexistencia pacífica con la biodiversidad. Prefiero decir que estamos en una fase de incremento de la extinción, conocemos la causa y tenemos los medios de corregir la tendencia. Necesitamos la riqueza de los seres vivos para seguir teniendo una calidad de vida humana en la Tierra. No es la supervivencia biológica del hombre lo que está amenazado, es su supervivencia como ser humano con una gran H lo que está en la cuerda floja, es decir, su dimensión de ser humano. Las causas de la destrucción de la biodiversidad son las mismas que desencadenan la degradación social. Hacer como si fueran cosas distintas, como si los problemas de las especies fuesen secundarios y los problemas del desempleo una cosa de primer plano, no es pertinente: en realidad, la misma aplanadora que degrada la sociedad humana degrada el marco de vida de las sociedades humanas en todo el mundo.

–¿Cómo explicar la indiferencia y hasta la irresponsabilidad planetaria de la población humana, especialmente en Occidente, frente a la degradación de la biodiversidad, a la desaparición de las especies?

–Creo que es ante todo un problema de impotencia. Además, la población humana es cada vez más humana y Yalta un elemento central: la desaparición de la transmisión de la información sobre las especies. Ya casi no quedan abuelos para contar cómo era antes la naturaleza. Pero lo más fundamental que ha ocurrido es que el ser humano se cortó del resto de los seres vivos. Se descompuso la trilogía judeo cristiana: Dios, el hombre y la naturaleza. Cuando uno se baña en la visión dinámica de la biodiversidad, en el tejido de lo viviente en el planeta, en sus interacciones, en las relaciones de parentesco que hay entre las especies, lo que se llama el árbol de la vida, ello nos lleva a tomar conciencia de que estamos arraigados muy profundamente en lo viviente. En nuestros genes tenemos herencias que remontan a millones y millones de años. Por consiguiente, sentirse un primo cercano de los otros seres vivos en una época de profunda desestabilización equivale a una forma saludable de arraigamiento. A partir de ahí podemos redescubrir nuestra relación parental con las otras especies, nuestra dependencia con el resto de los seres vivos y ver así la riqueza que hay en todo esto. Nuestra relación de dependencia con los seres vivos también nos da nuestra libertad de seres humanos para desarrollar nuevas cosas. Hay una paradoja en la toma de conciencia de la dependencia, que es a la vez la base de una auténtica libertad.

Los caminos de la humanidad

–¿Cómo transmitir ese saber, esa conciencia, a las nuevas generaciones? La educación, que es una base decisiva, ha fracasado hasta ahora. ¿No habría que refundar el sistema educativo para desarrollar las nociones de biodiversidad, cooperación, interacción?–La educación sigue siendo esencial. La educación debe ser un instrumento de formación al espíritu crítico.
–La ecología política tiene un lugar sobresaliente en el discurso y en la sociedad. ¿Acaso los ecologistas no pecaron por falta de amplitud, por una incapacidad de explicar con más generosidad la relación del ser humano con la naturaleza?–Esa crítica es válida tanto para la ecología política como para la ecología científica. Si miramos la historia, la ecología nació poco después de la explosión de la Revolución Industrial con la influencia de Thomas Malthus y los problemas que planteó en torno del equilibrio entre el crecimiento de la población y los recursos. De inmediato, los científicos se pusieron a mirar cómo funcionaba la naturaleza, en qué se basa la regulación de los efectivos de las plantas y los animales. En ese entonces la ecología se hacía preguntas que hoy se hace el desarrollo sustentable. Era el problema de fondo. Pero después, de forma progresiva, la ecología fue monopolizada por los naturalistas. Se empezó a hablar de las poblaciones animales y vegetales, de los ecosistemas, como si el hombre no tuviera nada que ver. De hecho, se puso al ser humano de costado. La ecología política hizo lo mismo, con el condicionante negativo de que la ecología política no se apoyó en la ecología científica. No estoy seguro de que un solo partido político pueda responder a los problemas que nos plantea el mundo de los seres vivos. Para mí, lo importante es lo que yo llamo tener una visión ecológica del mundo. Debemos pasar de un mundo en donde se ven las cosas parcelarias a otro donde se perciben las interacciones entre el todo y el todo, tanto entre las mismas sociedades humanas entre sí como entre las sociedades humanas y el resto del mundo. Esa visión permite comprender las interacciones y los efectos colaterales. Con ese enfoque estamos seguros de que somos conscientes de que pertenecemos a la biosfera. La gente ni siquiera es consciente de que la atmósfera es un recurso natural y que también es el resultado del trabajo de los seres vivos. Si no hubiese habido vida en la tierra no tendríamos atmósfera.

–Finalmente, la idea individual de desarrollo, o sea, de crecimiento, aplastó a todas las demás.

–El acento que se puso en la individualización ha sido nefasto, pero esa idea es también una de las riquezas de las sociedades occidentales. Si no se la controla como es debido o si no tenemos conciencia de ella sólo cosechamos lo negativo. La libertad para cada individuo no excluye la responsabilidad y la interacción. Fíjese si no en la historia de Estados Unidos, llena de páginas oscuras. Estados Unidos es hoy uno de los grandes, grandes problemas, es uno de los responsables más decisivos de la situación actual. Hay algo muy perverso en el sistema norteamericano: por un lado está la imagen de libertad total, de imperio del bien. Pero no es así. Cuando analizamos el resultado de la cumbre de Copenhague, la culpa del fracaso no la tienen ni China ni la India. La situación a la que llegamos hoy la produjo la sociedad occidental. Hemos, por ejemplo, depredado muchos países. Pero el éxito de la sociedad occidental se forjó con el tributo oscuro que pagaron los esclavos, la trata de seres humanos, la expoliación. El saqueo de los recursos del mundo entero hizo nuestra riqueza pero hoy nos conduce a constatar que hasta el clima se degrada. Los responsables somos entonces nosotros. Si fuésemos responsables no diríamos que la culpa la tienen los chinos o la India porque quieren imitarnos. Habría que decir: pecamos en exceso y, ahora, debemos sanear la situación. Lamentablemente no se procedió así y vamos a perder 30 años. Occidente perdió una oportunidad. Todo esto es consecuencia del culto al individualismo que nos lleva a perder de vista una noción esencial: en las sociedades humanas, lo más importante es lo social, incluso en la economía. Sin la dimensión social el hombre no existiría.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/18-158034-2010-12-04.html